Mass Media

W2 estilo de calle

En W2 estilo de calle, nos olvidamos de la fractura entre artistas y artesanos, entre arte elevado y pseudoarte, y se ofrece al espectador, ni más ni menos, que aquello que Adorno y Horkheimer entendieron en su día como un producto de la industria cultural; es decir, una pieza accesible en la que el gran público reconocerá fácilmente lo que sucede. Sigue la normalización que caracteriza a un videoclip underground de rap, procura llegar al mayor número de gente posible y es utilizado y distribuido por los medios de masas. Sin embargo y al mismo tiempo, el espectador puede disfrutar estéticamente gracias a la apropiación de recursos formales y narrativos desde los que opera, y al despliegue de medios técnicos de los que hace gala; además, hace hincapié en el contexto local, en la individualidad, en el microrelato, todas ellas características posmodernas. Que la pieza sea catalogada como arte o pseudoarte dependerá de la sensibilidad de cada espectador.

 

 

COMMERCIAL CLOCKWORK

El argumento de Adorno y Horkheimer pone en pie de igualdad el arte de masas con la industria cultural; de hecho, no se entiende el uno sin la otra. Defienden que el arte genuino, en su aspiración a la autonomía, representa el intento de rebelarse contra las garras del valor de cambio y la razón instrumental, identificada con la industria cultural al tratar al público como un objeto, como un asunto de cálculo, que se manipula de manera especificable. No dicen que el arte genuino escape del capitalismo, sino que encarna la lucha frente al capital, aspirando por eso a la autonomía. Asimismo, sostienen que el arte de masas es un recurso para manipular al público y que éste (el público) es formado por los técnicos de la industria cultural. Además, que la industria cultural ofrece el mito del éxito, lo cual es una herramienta esclavizadora que hace trabajar duro y conformarse con el rol propio dentro del capitalismo; que nos engaña con falsos conflictos que tenemos que cambiar por los nuestros propios. A ello añaden que la vida real se hace indistinguible de las películas y que, en última instancia, se genera una atrofia en la espontaneidad y en el poder de la imaginación, entendiendo imaginación como una facultad que nos permite pensar que la realidad puede ser de otro modo, con alternativas mejores de las que hay. Y si la industria cultural suprime la imaginación, suprime el cambio moral y político.

Lo han conseguido, están dentro.